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El director era una persona muy conservadora y su esposa, más. Copulaban poco y mal, pero claro, eso sólo hacía falta para engendrar a sus hijos y darse alguna alegría de tanto en tanto. Para sus vicios, ya estaban las putas. ¡Cómo iba a llevar a su mujer a ver un striptis o vaya a saber qué, todavía peor!.

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Sabía a qué se dedicaban Anabel y su esposo. De hecho, viendo lo abultado de sus ingresos, les llamó para decirles que el banco les había obsequiado con una televisión último modelo y un viaje, por su fidelidad. Entonces se lo contaron con todo detalle. Incluso le dieron dos invitaciones VIP para que un día pasase con su esposa a ver su show. Si se escandalizó, se lo calló. Eran sus mejores clientes y ya se sabe… el dinero, no entiende de moral.

Cuando traspasaron la mayoría de edad, tanto Diana como Pablo podían pasar por actores porno consumados. Sabían sacar el vicio más oculto del cuerpo y las mentes de cualquier espectador, ya fuese en directo o viéndoles en una grabación. Además, disfrutaban haciéndolo. Como sus padres, el sexo era la fuente de la que tenían que beber a diario para que su vida tuviera sentido.

Sus padres, vieron con orgullo como Diana hizo de su vocación su profesión. Se hizo llamar “Sophie Backy”. El apellido venía a cuento, porque era una entusiasta del sexo anal. No tenía límites para darle uso a su culo y siempre se corría cuando filmaba una de esas escenas. Llegó a ser una de las estrellas más deslumbrantes del cine para adultos americano y cuando se retiró, montó una productora que aún hoy brilla entre las más importantes de la industria.

Pablo sólo quería follar con sus padres para gozar de buen sexo y aprender todo lo que pudiese del arte de dar placer a las mujeres y… también a los hombres, ¡porqué no!. Durante los años de universidad, hizo shows privados en vivo, sólo para clientes muy seleccionados y que estuviesen dispuestos a pagar su alto caché.

Algunas veces, compartía el escenario con su hermana. Era cuando más lo disfrutaba, tanto él como el público, ya que la perversión y la gran compenetración de que hacían gala, eran la mejor garantía del éxito. El boca a boca y lo satisfechos que siempre acababan sus clientes, fueron su mejor tarjeta de visita. Siempre tenía más trabajo del que quería aceptar.

Al acabar la carrera, fue dejando ese modo de vida y con el dinero que había ganado, montó una franquicia de comida japonesa para Europa y Latinoamérica. Ya hacía unos años que tenía una novia japonesa y una cosa llevó a la otra.

Emiko, tan bella como su nombre indicaba, era además tan ardiente como Pablo. Como él, no entendía una vida sin sexo y si no se hacían daño, no encontraba límite alguno en disfrutar de su cuerpo de todas las formas posibles.

Su novia, sabía a qué se dedicaban sus padres y su hermana. De hecho, habían follado muchas veces viendo películas suyas. Además a Emiko, le excitaba mucho saber que los cuatro compartían sus cuerpos sin reservas, aunque en los últimos tiempos fuese sólo ocasionalmente.

Le contó que siempre había deseado que la desflorase su padre y nunca se atrevió a pedírselo. Cuando él le dijo que su futuro suegro fue el primero para Diana, se calentó de tal forma que Pablo y ella tuvieron que levantarse de la mesa del restaurante donde estaban cenando y encerrarse en el lavabo de minusválidos para que él la follase hasta la extenuación y pudiese relajarse. A pesar de que se corrió un montón de veces con el magnífico trabajo de su novio, no lo consiguió.

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